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1 may. 2011

MARATON MADRID 2.011

          Diecisiete de Abril de dos mil once, hoy he completado mi cuarto Maratón, tercero consecutivo en Madrid. Aunque todos iguales, en cuanto a recorrido, perfil altimétrico, distancia y entorno se refiere, todos ellos diferentes en cuanto a sensaciones y emociones vividas. Esta edición sin duda ha sido una de las más disfrutadas por los motivos que más adelante detallaré.
           En esta ocasión no llevaba la presión añadida, que si tuve en ediciones anteriores, en cuanto a tiempos parciales o totales, marcas a batir o superar, mi único objetivo sería cruzar la línea de meta y a ser posible disfrutando del momento todo cuanto pudiera. Cuando has entrenado mucho y bien, cuando has destinado gran parte de tu tiempo a la preparación del maratón y en definitiva, como solemos decir los corredores: “cuando hemos hecho los deberes”, nos auto-exigimos en la misma media, y de algún modo añadimos, sin querer, más presión de la que ya supone colocarte en la línea de salida para afrontar tan exigente distancia. Como digo, esta vez no existía dicha presión, pues los entrenamientos han sido más bien escasos, comparándolos con los efectuados en otras ocasiones. Precisamente por ese motivo, y como contrapartida, lo que si llevaba a la carrera, era mucho respeto a la distancia, algo de temor e innumerables dudas. Respeto, pues ya conocía el sufrimiento en tan larga distancia estando bien entrenado, temor, a tener una recaía de la reciente lesión, y dudas por no saber si sería capaz de completar los cuarenta y dos kilómetros en cuestión......

            Aunque el pasado mes, al terminar la media maratón de Coslada, tenía el convencimiento de realizar la Maratón, desde entonces hasta el esperado día “D” no fueron pocas las veces, que cambié de opinión, desestimando la aventura para después volver a concienciarme de ser capaz de lograrlo. Amigos, compañeros y familiares me animaron a intentarlo, pero sentía que faltaba algo, necesitaba ese último empujoncito. A tan solo cuatro días para la carrera, acudí a la prevista cita con el Fisioterapeuta, a la exploración y masaje pertinente, le siguió el ansiado y definitivo visto bueno y a continuación las palabras que necesitaba escuchar.
- Javier: córrela, ve más despacio de lo que lo haces habitualmente y si tienes que parar en el kilómetro que sea, paras y no pasa absolutamente nada, ¡¡pero, por favor si aparecen molestias en la zona lesionada, para!!. Prométeme que lo harás. En ese instante noté un alivio semejante al que sientes cuando alguien te retira un pesada mochila de tus espaldas, de repente me sentí fuerte y con ganas. Gracias Quique, le contesté, necesitaba oírtelo decir a ti.
No debió quedarse muy convencido con mi contestación, amén del comentario que a continuación me hizo, ahora lo recuerdo y no puedo, por más que lo intento, no esbozar una sonrisa al recordarlo:
- ¿Tienes tarjetas mías no?, si, debo de tener alguna por casa, le contesté, sin llegar a entender muy bien el motivo de dicha pregunta.
- Vas a hacer lo siguiente continuó, junto al dorsal pones mi tarjeta y en el supuesto caso que aparezcan las molestias y dudes entre parar o proseguir la marcha, miras mi tarjeta y así te acuerdas de mí, y a continuación, multiplicas el precio de la consulta por las doce sesiones que voy a tener que darte, a ver si al visualizar el precio total te desanimas y paras. Después de la broma y de las respectivas risas y ya de manera más seria, me volvió a insistir en no hacer barbaridades, recordándome que esperaría mi llamada telefónica una vez concluida la prueba, prometí no hacerlas y seguir fielmente sus sabios consejos, finalmente me deseó mucha suerte mientras nos despedimos con un fuerte apretón de manos.
         Una vez más: Gracias Quique, voy a tener que hacer una medalla para ti con un trocito de las que he ido consiguiendo, pues de todas ellas hay una pequeña porción que te pertenece.
         El día previo a la carrera realizo el último rodaje de manera tranquila, ocho kilómetros a primera hora de la mañana y acto seguido como viene siendo habitual todos los años, acudo a la feria del corredor, para recoger chip, dorsal y camiseta, comprobación de datos, alguna que otra foto y vuelta a casa. El año pasado pasé demasiadas horas de pie en la feria y creo que el día de la carrera mis piernas se resintieron por ello, con lo que decido no permanecer mucho tiempo allí.

          La noche de antes últimos preparativos, revisión de todo lo necesario, cena con buen aporte de hidratos y hasta las seis de la mañana, hora en la que los dos despertadores hacen su función, (ya sabéis previsión ante todo). Desayuno con algo de pasta, pan, fruta y un café, el apetito brilla por su ausencia, pero la experiencia me dice que debo comer y tener así los depósitos repletos para la carrera. Me aconsejaron que, durante la última semana, hiciera una organización de nuestros nutrientes, lo que llamaba nuestro entrenador “colocar la despensa” y que consistía en lo siguiente: desde el lunes hasta el miércoles hacer un vaciado de hidratos, no ingiriendo pasta, arroz, pan, patatas y similares, para de este modo agotar las reservas de los mismos. Y, una vez vacías, desde el jueves hasta el día de la carrera, hacer comidas y cenas con esos alimentos que nos privamos días atrás. Nunca antes hice tal prueba y aunque soy consciente que los días previos a una maratón no son los más indicados para realizar experimentos y probaturas, los llevé a cabo, no obstante tal y como discurrió después la carrera puedo asegurar que fue todo un acierto.
         A eso de las siete y cuarto de la mañana ya tengo mi vehículo aparcado, cerca del lugar donde se ubica la meta, mientras preparo la equipación con la que voy a correr, me encuentro con antiguos amigos con los que cambio saludos e impresiones. Una vez he terminado con los preparativos, me dirijo hacia el punto de encuentro acordado, en esta ocasión hemos quedado a las ocho en lo que llaman, el edificio de correos, frente a la fuente de Cibeles.
        La temperatura es algo baja, y aunque como en ediciones pasadas llevo encima otra camiseta, siento algo de frio, mientras atravieso el parque del retiro, acelero un poco la marcha para entrar en calor, hasta el punto de comenzar a trotar. Deben ser los nervios o las mismas ganas las que han hecho que corra, pero voy bien de tiempo y no es plan de malgastar fuerzas, así que vuelvo a caminar. Finalmente llego al lugar previsto, intuyo que va a ser complicado encontrar a nadie, pues allí se han congregado multitud de corredores, aunque uno tras otro van apareciendo. Saludo a Jesús, compañero de entrenamientos de Mapoma, hemos acordado días atrás hacer la maratón juntos, como he comentado con anterioridad, no llevo otra finalidad que la de terminar, él se quiere tomar la carrera como un entrenamiento de cara a los próximos cien kilómetros en veinticuatro horas de corricolari en el mes de Junio. Acto seguido saludo a Valentín, de los fondistas de Móstoles, un devora-kilómetros donde los haya. Sigo viendo caras conocidas, Alberto “Bimu”, (por fin comprendo el significado de Bimu), también compañero en los entrenamientos, como bien dice: un amante del deporte, hoy se estrena en la distancia, todo él, es nerviosismo e ilusión, un crack, por un momento me veo reflejado en él, recordando mi primer maratón. Noto una palmada en la espalda, es Carlos Siguero, con su perpetua sonrisa, todavía se tambalean mis costillas por su fuerte abrazo.
        Algo más tarde llegan Emilio y Alberto, muy buena gente todos ellos, Emilio también acomete por primera vez la distancia, se encuentra lleno de ilusión, Alberto tiene más experiencia y se le ve más tranquilo o cuanto menos disimula mejor esos nervios que a buen seguro tendrá escondidos por algún lugar de su cuerpo.
         Echo la vista atrás, hasta mis comienzos y me doy cuenta de todo lo que este maravilloso deporte ha ido regalándome, satisfacciones personales aparte, en forma de marcas, superaciones y sobre todo la infinidad de amistades que paulatinamente he ido recopilando, a lo largo de los años, dando todas ellas un plus a esta práctica deportiva. Estos momentos previos son un verdadero espectáculo de idas y venidas, de reencuentros, de saludos, de emociones, de buen ambiente en general. Al poco aparecen Paco y Gabriel, hemos compartido multitud de entrenamientos y carreras este tiempo atrás y todos acudimos con mucha ilusión al evento, aunque ya tenemos maratones en nuestras piernas, a medida que se acerca la hora, los nervios van aflorando en todos y cada uno de nosotros.






            Finalmente nos deseamos suerte, nos despedimos unos, nos despistamos otros, acompaño a Jesús hasta el guardarropa, faltan veinte minutos y nuestra intención es la de calentar y estirar suavemente antes de la salida, pero entre tanta gente nos desorientamos y por más que busco no logro encontrarle. Decido caminar y situarme próximo a lo que será la cabeza de carrera, pues al no ir rápido, intuyo que seré adelantado y podre encontrarme con él durante los primeros kilómetros. El Paseo de Recoletos se encuentra ya tomado por corredores, está dividido en dos, en el lateral izquierdo nos encontramos los corredores que intentaremos correr el maratón, en el derecho corredores uniformados, la inmensa mayoría, con camisetas de color naranja, serán ellos los que recorran la distancia de diez kilómetros, prueba que se realiza simultáneamente con el maratón, compartiendo salida unos y otros.
           A las nueve en punto suena el pistoletazo de salida, transcurre un minuto largo, hasta que consigo cruzar el arco que marca dicha salida, como por arte de magia, desaparecen y se van a no sé donde, todos los nervios que hasta este instante tenía acumulados en mi cuerpo, el ritmo de inicio es muy lento, pero a medida que pasan los primeros kilómetros, se estira la carrera, corriendo ya de manera cómoda, acomodo la cadencia de mis pasos en torno a los cinco minutos y treinta segundos por kilómetro, debido a este bajo ritmo y a mi situación en posiciones bastante adelantadas, soy rebasado por infinidad de corredores, me cuesta lo indecible no aumentar mi velocidad, pero debo seguir el plan marcado, y el plan no es otro que ir despacio.
          De este modo llego al kilómetro tres, dejamos el Estadio Santiago Bernabéu a la derecha siendo en este punto donde nos separamos los maratonianos de la mencionada “marea naranja”, este momento es uno de los más emocionantes de la carrera, pues somos premiados con vítores y masivos aplausos por los corredores de la prueba de diez kilómetros, aplausos que son correspondidos en igual medida por nuestra parte. Es emocionante sentir ese ánimo y ese calor entre deportistas, resultando casi imposible que las emociones no broten y salgan al exterior.
          Continúo la marcha, con la esperanza de ver o ser visto por Jesús, tal y como comenté, llevaba la idea de hacer el maratón junto a él, y por un pequeño despiste, me temo que esta edición me toca hacerla en solitario. La experiencia me dice que la distancia, aunque igual todos los años, no es la misma yendo solo o acompañado. Llega el kilómetro cinco, y con él el primer avituallamiento, de momento no tengo hambre ni sed, de hecho todavía no he comenzado a sudar, es como si mi metabolismo no estuviera todavía perfectamente engranado, no obstante bebo algo de líquido, me deshago de la camiseta que hasta entonces me resguardó del frío, y continúo la marcha.
          Hacia el kilómetro seis me sobrepasa un grupo de corredores, en él va Gabriel, amigo y compañero de los entrenos del Mapoma, se sorprende al verme solo, ya que me imaginaba acompañado, le comento lo sucedido y decidimos hacer la carrera juntos, me alegra enormemente haberle visto, cambiamos impresiones sobre los kilómetros recorridos y diseñamos sobre la marcha, lo que será nuestro plan para la carrera. A la altura del kilómetro ocho, somos adelantados por Alberto-Bimu, en términos ciclistas, se podría decir que va con un par de piñones menos y por lo tanto, moviendo un desarrollo mayor al nuestro, nos anima a seguir con él, pero decidimos continuar a nuestro ritmo algo más conservador. Vamos disfrutando de la carrera, de los corredores, del público, sin parar de hablar, Gabriel está exultante, en ocasiones anima incluso más, que el público allí presente.
           Llegamos al kilómetro diez y lo hacemos con un tiempo de cincuenta y cuatro minutos, por el momento sin rastro de cansancio, fatiga o cualquier otro síntoma que pudiera ser preocupante, en cierto modo, llegados a este punto me encuentro más cómodo que al inicio de carrera, es como si estos primeros kilómetros me hubieran servido de calentamiento previo para lo que vendría después. Tomo mi primer gel energético acompañándolo con algo de agua, continúo reteniendo el ritmo y aunque siento la necesidad de avivar el mismo, mantengo la cabeza fría siguiendo con la misma cadencia tranquila. Recuerdo que en la salida, Paco, tan servicial como de costumbre, me explicó que sobre el kilómetro diez estaría Martina, cámara de fotos en mano, para inmortalizar el momento a nuestro paso por este punto y en efecto aquí se encuentra, sin detener la marcha la pregunto si ha pasado Paco, contestándome que todavía no lo ha hecho. Gracias por esta bonita fotografía.

          Hasta el kilómetro quince continuamos corriendo de manera tranquila, con parciales medios en torno a los cinco minutos con veinte segundos por kilómetro. El paso por la Gran Vía se hace especialmente bonito, debido a la gran cantidad de personas allí congregadas, animando y aplaudiendo a nuestro paso. Gabriel sigue bien de fuerzas, y de ánimo debe de andar mejor aún, pues  acaba de ver a familiares y sé por experiencia que esos estímulos son un buen aporte a tu motivación y estado de ánimo. Por si fuera poco su novia se ha unido a nosotros, nos acompañará durante aproximadamente diez kilómetros, me alegro por él. Entre presentaciones, bromas varias con las consiguientes risas, llegamos a la Puerta del Sol, es sencillamente espectacular como se encuentra este punto, hay gente de todas las edades  animando, niños con sus padres, personas de avanzada edad, todos ellos regalando aplausos a nuestro paso, en definitiva un deleite encontrarse aquí en este preciso instante. Estos momentos son los que dan sentido a los duros entrenamientos a primeras horas del día o últimas de la noche. A medida que va transcurriendo la carrera y van pasando los kilómetros uno tras otro, me voy convenciendo del acierto de acudir a mi cita con el maratón. Gabriel entra en la Puerta del Sol, dando gritos y botes de alegría, solo le falta ponerse a bailar, estamos disfrutando de la carrera y de todo lo que la rodea como nunca antes lo habíamos hecho. Continuamos por la calle Mayor, recorriéndola casi en su totalidad, hasta llegar a la calle Bailén.
         Este año, al coincidir la carrera con una procesión de semana santa, procesión que por cierto, no llegué a ver por ningún lado, no podemos disfrutar del bonito recorrido junto al Palacio Real, como alternativa nos dirigen por el túnel que se encuentra justo debajo, estoy tentado en continuar por donde todos los años lo hacemos, pero finalmente desestimo la idea y entramos en el túnel…. del viento, pues corre un aire dentro que unido al sudor nos deja helados. Aunque no hay vehículos circulando y el aire no está viciado como habitualmente, se percibe en el ambiente la falta de aire fresco y puro, obviamente no hay animación de ningún tipo. La distancia del mismo es corta, pero me resulta interminable y aunque nunca tuve sensaciones claustrofóbicas, si percibo unas enormes ganas de salir de allí y volver a ver la luz del día, a la postre éste sería el único punto negro durante la carrera.
        Dejamos atrás el “dichoso” túnel y con él, las malas sensaciones vividas en este extraño lugar, más propio de mineros que de deportistas. Nos encontramos con el kilómetro veinte y acto seguido abordamos la calle Ferraz, ésta tiene un pequeño desnivel desfavorable, (como solemos decir: pica hacia arriba). Es hora de reponer fuerzas, aprovechando el avituallamiento ingiero mi segundo gel y vuelvo a beber agua y bebidas isotónicas. En el final de dicha calle nos encontramos con el kilómetro veintiuno y por consiguiente con la media maratón, la pasamos en una hora y cincuenta y cinco minutos, las fuerzas todavía siguen intactas, cuanto menos esa es la impresión que tengo llegados a este punto. No quiero hacerme ilusiones pues queda lo más duro de la carrera, pero como digo las fuerzas están bien y los niveles de optimismo e ilusión por las nubes.
        Ya en el Paseo Pintor Rosales, distingo a Luis, de los corredores que conozco, y son unos cuantos, posiblemente sea el más perseverante en cuanto a entrenamientos se refiere, aumento el ritmo hasta situarme a su altura y poder así saludarle, cambiamos impresiones sobre la carrera, estados de nuestras fuerzas y pretensiones para lo que resta de la misma, hacemos juntos unos kilómetros, atravesando el parque del Oeste y la Avenida de Valladolid, aquí la afluencia de público es escasa y estos miles de metros se hacen tediosos, finalmente llegamos al kilómetro veinticinco, Luis sigue su marcha vuelvo a aminorar la mía, para situarme nuevamente con Gabriel y su novia, la cual se retira deseándonos suerte, dos amigos de Gabriel recogen el testigo y se unen a la carrera, me explican que nos acompañaran hasta el final del maratón si sus fuerzas no les fallan. La entrada a la temida casa de campo está cerca, estoy mentalizado para empezar a sufrir, aunque con muchas ganas pues a dos kilómetros se encuentran mi mujer y mis hijos, siendo sincero ardo en deseos de verles para contarles lo bien que me encuentro.
          Poco antes de mi anhelado encuentro, Gabriel se adelanta unos metros, mira hacia atrás y le comento que estoy bien, pero que voy a seguir a mi ritmo, además tengo intención de pararme en breve para disfrutar de la familia. Desconozco el punto exacto en el que se han ubicado, por lo que reduzco aún más la marcha para poder verlos, por fin los diviso, recibir aplausos mientras practicas el deporte que te gusta es una sensación bonita y agradable, pero cuando los aplausos provienen de las manos de tu familia la alegría es indescriptible. Las primeras palabras de mi mujer al verme, me extrañan a la vez que me reconfortan:  ¿Estás muy bien no? Pues la verdad es que si, la contesto. – Tienes muy buen aspecto, me comenta con una enorme sonrisa en su rostro. Es cierto que en ediciones pasadas, llegué a este punto, digamos…. algo más justo de fuerzas, el comentario de mi mujer confirma mis sospechas sobre mi estado y si ella al verme afirma que estoy bien, ¿Quién soy yo para contradecir tan estupenda observación?.
         Después de repartir besos y abrazos a diestro y siniestro y ser correspondido en la misma medida, reanudo la marcha, los volveré a ver de nuevo, si todo sigue según lo previsto, dentro de cuatro kilómetros, a la altura de la estación de metro: Lago. Me vienen a la memoria recuerdos de mi primer maratón y con ellos, el suplicio que viví en la casa de campo, no puedo evitar comparar las sensaciones de aquel día con las de hoy. Pero…. hoy no es aquel día, hoy es hoy y me siento realmente fuerte, lleno de vitalidad y energía, mis piernas me piden correr a un ritmo mayor, a fin de cuentas hemos venido a correr, porque entre otras muchas cosas, esto es lo que me gusta…. correr.
         Me dejo llevar por la euforia del momento vivido y sabedor que en breve volveré a tener un momento similar, tomo mi tercer gel energético y recorro estos cuatro kilómetros como nunca antes lo había hecho, a un ritmo fuerte, (todo lo fuerte que se puede correr con treinta kilómetros en las piernas). Pienso y desconozco el motivo por el cual he tenido este arrebato, por qué he dejado a un lado los planes, los cálculos, las frases del tipo: vas a pagar caro este esfuerzo inútil, al final de la carrera te acordarás de esta tontería. De lo que si estoy seguro y convencido, es que he disfrutado de estos kilómetros como nunca, tal vez necesitaba sacar esa espina que años atrás se clavó en mi orgullo, tal vez vi una oportunidad donde antaño vi un fracaso. Todo ello unido junto con los ánimos de mi familia y mis sensaciones del momento hacen que no piense y simplemente corra.
         Antes del kilómetro treinta y dos, en el inicio de la pronunciada cuesta que lleva hasta la estación de metro de Lago, vuelvo a ver a la familia, permanezco cerca de un minuto parado compartiendo con ellos besos, comentarios, sensaciones, muy buenas por cierto, y en definitiva viviendo un momento grato y muy satisfactorio, me hubiera quedado allí toda la mañana, pero debo continuar, nos despedimos y quedamos en la línea de meta.

          Emprendo la marcha, con las emociones a “flor de piel”, me siento un privilegiado en este instante, por haber tenido la ocasión de vivir un momento tan gratificante, a medida que me alejo de ellos voy repasando mentalmente las expresiones de sus rostros, sus comentarios, pero ahora toca pensar fríamente, y afrontar lo que resta de carrera de la mejor manera posible.  Quedan únicamente diez mil metros, he recorrido esta distancia cientos de veces y en la mayoría de las ocasiones sin ningún tipo de problema, aunque anímicamente sigo estable, noto las piernas algo cansadas, pienso en el siguiente kilómetro y recuerdo que tiene un desnivel favorable, me vendrá  bien recorrer esta distancia de manera relajada para reponer fuerzas. En efecto, este mil, discurre tal y como imaginé, vuelvo a sentirme fuerte nuevamente, más que fuerte me noto “ligero”, sin esa inconfundible pesadez de piernas de cuando llevamos tantos kilómetros recorridos, esto unido a que dentro de un kilómetro me esperan mis suegros hace que los niveles anímicos vuelvan a experimentar una importante subida.  Llego al punto donde se encuentran, concretamente en el Paseo de la Ermita del Santo, kilómetro treinta y cuatro, me alegro mucho al verles. Él, cámara fotográfica en mano para perpetuar el momento y ella con una naranja que me sabe a gloria.

        Después de comentarles mi estado y de recibir los ánimos, besos y abrazos oportunos, me despido de ellos, desde aquí quiero daros las gracias por vuestros ánimos, pero sobre todo por vuestra paciencia, debe hacerse interminable la espera viendo pasar corredores uno tras otro y contemplar que “el vuestro” no termina de llegar, un agrazo enorme. Gracias madre, por tus ánimos en la distancia, has estado presente en mi mente muchos más kilómetros de los que imaginas. Este año eché mucho de menos tus palabras de aliento y tus aplausos en este punto kilométrico donde siempre lo haces, pero sobre todo la tranquilidad que me transmite tu mirada en esos momentos donde las fuerzas comienzan a flaquear.
        ¡Vamos javier, empieza lo bueno!! Estas son las palabras que mentalmente me repito, mientras dejo a mi derecha el estadio Vicente Calderón, en verdad, es ahora cuando comienza la parte más dura de la carrera, ya no solo por ser los últimos kilómetros, además de ello por ser éstos, de una dureza considerable. No obstante, este año todo es distinto, no sé si mi estrategia de carrera conservadora, ha hecho que ahora me encuentre bien de fuerzas y de ánimo, la cuestión es que ese ánimo me hace ver la distancia restante con buenos ojos o tal vez, hoy no toca sufrir como antaño, sea como fuere mantengo la calma, simplemente quiero dejar pasar los kilómetros y esperar acontecimientos. Después de la sabrosa naranja tomo mi cuarto y último gel junto con un buen puñado de uvas pasas, con estos nutrientes debo tener más que suficiente para llegar a meta de manera aceptable.
       El siguiente kilómetro discurre paralelo a la M-30, hay poco público animando, entre los corredores ya no se escuchan comentarios de ningún tipo, creo que cada uno de nosotros vamos concentrados en la carrera y en el sufrimiento particular. Por mi parte, hago un rápido balance de los kilómetros recorridos, percatándome que salvo las paradas, hechas por gusto y no por necesidad, he ido durante toda la carrera corriendo, me doy cuenta que no he recorrido un solo metro caminando. En este instante, sale esa vena intrépida y competitiva que todos llevamos dentro y se me ocurre la feliz idea de intentar completar lo que queda de maratón de igual manera. Por si el reto no fuera suficiente, después de observar el cronómetro del gps y de hacer unos rápidos cálculos mentales, contemplo la posibilidad de, continuando como hasta ahora, es decir con parciales medios de cinco minutos y medio el kilómetro, terminar por debajo de las cuatro horas.
        Los quinientos metros de la Calle Segovia, están a punto de echar por tierra mí recién estrenado desafío, disminuyo el ritmo continuando de manera parsimoniosa pero constante. Atrás queda el kilómetro treinta y siete, más adelante se encuentra la puerta de Toledo, supero el kilómetro treinta y ocho, mantengo un ritmo constante de cinco minutos y medio el mil, aceptable, teniendo en cuenta la distancia recorrida. Noto molestias en el empeine del pie derecho, mi primer pensamiento es que tal vez los cordones de la zapatilla están más apretados de la cuenta, aunque aplicando la lógica en todo caso y con el paso de los kilómetros se habrían aflojado en lugar de apretarse, supongo que es mi pié el que se ha hinchado. Aplicando  términos  taurinos, podría decir que, en peores plazas he lidiado, quedan cuatro kilómetros y ahora no es plan de prestar más atención de la necesaria a la mencionada molestia.
         Los siguientes mil metros, hasta llegar a Atocha, los recorro relativamente cómodo, mantengo el respeto al maratón, pero de momento este año no he visto “muro” por lado alguno, tampoco ha venido a visitarme el temido “Señor Mazo” ni su desagradable mujer “Doña Pájara”. Escucho a mi cuerpo, y éste me dice que salvo desfallecimiento de última hora puedo lograr el improvisado reto. El kilómetro cuarenta está ahí mismo, las cuestas hacen que mi ritmo baje hasta los seis minutos por kilómetro, estoy sufriendo, pero me siento bien conmigo mismo, a diferencia de otras ediciones, el de hoy, es un sufrimiento, digamos voluntario, auto-impuesto. Una vez sobrepasado el cuarenta aprovecho para ingerir bebida isotónica y vaciar media botella de agua por encima de mi cabeza. Quedan dos kilómetros, uno hasta la puerta de Alcalá y otro hasta meta, esto está hecho, ¡vamos!,. La calle de Alfonso doce, se hace interminable, observo mi gps y marca un ritmo de cinco minutos con treinta segundos el kilómetro, salvo la molestia del pie, no hay síntomas de abatimiento, aunque la frecuencia cardíaca se ha disparado hasta las ciento sesenta pulsaciones, adelanto multitud de corredores, muchos de ellos recorren dicha calle caminando, se aprecian síntomas de agotamiento por donde mires. Nunca había experimentado la emoción de terminar un maratón con tan buenas sensaciones.
          Si hay algún monumento en Madrid, el cual me alegre ver cada año, ese no es otro que la puerta de Alcalá, coincide con el punto kilométrico cuarenta y uno, y verla supone la antesala a la gran meta que nos espera impaciente. La Puerta de Alcalá recibe su nombre por hallarse en el camino que antiguamente conducía a la Ciudad de Alcalá de Henares, aunque en nuestro caso, una vez que la alcanzamos, nos lleva en volandas hasta el final del maratón. Observo mi gps mientras paso por la mencionada puerta, marca el kilómetro cuarenta y uno, me sorprendo y alegro al ver el tiempo acumulado, tres horas y cuarenta y seis minutos. Lo he conseguido, no he caminado durante la carrera y todavía me restan quince minutos  y bajar por tanto de las cuatro horas. Es el momento de disfrutar de este último kilómetro, continuo corriendo, observando a los corredores que me rodean, al público que como cada año, aplaude a nuestro paso, dejo la calle O’Donnell y finalmente entro en el parque del Retiro.
          Cometí el error de no concretar con mi familia el punto exacto donde se ubicarían, por lo que bajo el ritmo para intentar divisarles, intuyo que la multitud aquí congregada no me va a facilitar la tarea. Miro a ambos lados de la calle con la esperanza de verlos, pero van pasando los metros uno tras otro y no hay rastro de ellos, disminuyo aún más la velocidad, me planteo la posibilidad de caminar, no puede ser que no los vea, mantengo la esperanza de ser visto por ellos. Veo la meta cada vez más cerca, finalmente desisto en el intento y cruzo la misma con un tiempo de tres horas y cincuenta y cuatro minutos.
          Ya caminando, voluntarios de la organización, nos hacen entrega de bebidas, fruta, y el ansiado trofeo en forma de medalla conmemorativa, en este instante escucho mi nombre, proviene desde un lateral, es mi mujer junto a mis hijos, siento un gran alivio al verlos. Existen unas vallas que delimitan y separan la zona de los corredores con el público, una vez fuera puedo disfrutar de la familia, se interesan por mi estado, francamente me encuentro muy bien, no tengo dolores de ningún tipo, salvo la molestia del pie. Mientras realizo los oportunos estiramientos llegan Rafa y Vicente compañeros y amigos, ellos también han completado el maratón con éxito y con muy buenos registros. Al poco, aparece Miguel, también ha venido a disfrutar de la carrera aunque este año como espectador, pues una inoportuna lesión le ha privado de correrla y a mí de su compañía. (Mi buen amigo, el maratón de Valencia está a la vuelta de la esquina, te prometo que en siete meses nos sacamos esta espina).



       Una vez terminada la carrera y analizada en su totalidad de una manera más tranquila, llego a las siguientes conclusiones:
       Conocer el recorrido, ha sido clave para saber o intuir donde subir o bajar ritmos de carrera. Creo que llevar a cabo un plan de carrera previamente establecido, aunque no es garantía de éxito, si puede ser a la postre la diferencia entre triunfo o fracaso. En esta ocasión siempre tendré la duda, de si hubiera sido menos conservador, hubiera terminado con una mejor marca o si tal vez, en los últimos y complicados kilómetros hubiera pagado el exceso. A media que voy completando carreras, independientemente de la distancia a recorrer, más me convenzo del abismo que existe entre realizar la carrera solo o acompañado. También he experimentado la estrecha relación que tiene el estado anímico con el físico, y de cómo puede influenciar de manera negativa o positiva el primero sobre el segundo. En definitiva, un maratón que siempre guardaré en mi memoria, aunque no por la marca, si por todo lo vivido en él. Me gustaría resumir el mismo con una cita de Mahatma Gandhi : Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado, un esfuerzo total es una victoria completa.

12 comentarios:

  1. Bien campeón, es la crónica más larga que he leido nunca. No está mal la marca para ir sin presión.

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  2. Ya entiendo porqué has tardado tanto en publicar tu crónica... Es casi otro Maratón..!! je, je... Lo importante es que has disfrutado del MAPOMA y que te llevas un gran recuerdo... Felicidades..!

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  3. Pedazo de crónica que te has marcado, tan grande como tu carrera, disfrutada y vivida con intensidad.

    No hay nada como correr sin presión, tanto si has entrenado duro como menos duro.

    Un saludo.

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  4. Una gran crónica y un gran tiempo para ir con una lesión reciente.

    Me ha sorprendido verme en la foto del grupo, soy el de blanco detrás de Klass (no sé muy bien que hacia yo por ahí). Con tu permiso me quedo por aquí leyéndote.

    Un saludo,

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  5. ke 42 kilometros de bonita y entretenida lectura , eres un campeon como atleta y contando sensaciones ,

    runningbox

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  6. Te has currado la crónica compañero.

    Todo un campeón Unyko, enhorabuena por esa pedazo marca.

    Un abrazo
    josiko

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  7. Hola majo, me estoy poniendo al día que estoy muy liado...
    Muchas felicidades por esa pedazo de carrera tan inteligente que te marcaste, así es como se hacen las cosas. Ha sido un auténtico placer compartir contigo esas matinales de domingo.
    Un fuerte abrazo!!

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  8. Gonzalo, Carles, Korrecaminos, un poco larga si, pero es que el escribir es como el correr te lias, te lias......, gracias y un saludo.

    Charli, pues si que ha sido una casualidad si, sea como fuere bienvenido y muchas gracias.

    Emilio, Klass: gracias por vuestros consejos y por vuestra amistad, un abrazo.

    Josiko: muchas gracias compi, ya sabes tenemos una carrera pendiente. un abrazo.

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  9. Peazo libro que has escrito, jajajaa, y muy bien por cierto. No sólo se aprende de las experiencias propias si no que leyendo también se aprende, por lo que allá van mis gracias y que sepas que el crack lo eres tú.
    PD..Llevaba buen desarrollo, sí señor, pero si pinchas la rueda no sirve de mucho :-P

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  10. Alberto: Gracias recibidas y reenviadas , ya coincidiremos en otra carrera e intentaré seguir tus pasos. El duatlon sigue pendiente ;-)
    un abrazo compi.

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  11. Unyko, esto es la maratona en directo. Lo acabo de leer ahora y es como si yo mismo estuviera correteando por esas calles que con tanta fidelidad describes. Habrá que repetir la experiencia ¿No?

    Un abrazo.

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  12. Pus si Jaal, habrá que repetir, no se ke tiene el maratón de Madrid, que engancha, el año que viene mas y si se puede... mejor.
    un abrazo.

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