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14 feb. 2011

MI PRIMER MARATON (MADRID 2009)

    Hace unos días que mi gran amigo Miguel, me ha comunicado que, finalmente no correrá la maratón, arrastra problemas musculares desde hace algún tiempo, lo ha intentado por todos los medios, pero no se encuentra en condiciones de afrontar los 42 kilómetros de rigor con un mínimo de garantías. Hemos compartido muchas horas entrenando y compitiendo en distintas carreras, pero no ha podido ser. Esto supone mi primer contratiempo, lo voy a echar mucho de menos, no estoy acostumbrado a correr solo y para una cita tan importante como esta, hubiera preferido disfrutar de su compañía, antes, durante y después de la carrera. De su compañía y sobre todo de su dilatada experiencia pues, ocho son los maratones que ya ha disputado.

     He de reconocer que no he seguido ningún plan específico para enfrentarme a la prueba en cuestión, mis entrenamientos se han ido confeccionando sobre la marcha, guiándome según     consejos de unos, recomendaciones de otros, opiniones varias y en definitiva prestando mucha atención a mi cuerpo, pues a fin de cuentas es el que va a soportar esos miles de metros......

     El día de antes acudo con mi mujer y mis hijos a la feria del corredor para recoger el dorsal y de paso empaparme un poco más si cabe de la fiesta que allí ofrecen a los deportistas. Después de comprobar que el chip entregado corresponde con mis datos personales, observo el dorsal. Llevaré sobre mi pecho el número 7505, me gusta la combinación de números. Mi hija decide escribir en él unas palabras de ánimo, según ella para cuando este cansado lo lea y me de fuerzas.

     La noche de antes hago revisión general de todo lo necesario, camiseta, pantalones, calcetines, la ropa de antes y después, chip, dorsal, imperdibles, más imperdibles de repuesto, dinero, geles energéticos, uvas pasas, cronómetro, vaselina para rozaduras, mp4, ….. ¡Dios mío! He hecho excursiones a la montaña con menos cachivaches de los que llevaré mañana para solo unas horas. Pero bueno, así somos los corredores populares, nos gusta ser previsores. Tal vez cuidamos tanto los detalles, sabedores del sacrificio que nos ha supuesto llegar hasta aquí y conscientes de que cualquier pequeño detalle puede echar todo al traste.
     Cena ligera y a dormir, o por lo menos a intentar descansar el mayor número de horas posibles, intuyo que las piernas si van a descansar, pero no tanto mi cabeza. A eso de las dos de la mañana consigo conciliar el sueño, a las siete en punto suena el despertador. Es la hora, desayuno habitual y antes de emprender el camino hacia mi gran sueño, mi mujer me desea la mayor de las suertes, recordándome que se ubicará en el kilómetro 32, para verme pasar y darme ánimos. A eso de las ocho de la mañana consigo aparcar mi vehículo, creo que no estoy cerca de la salida.
     Da comienzo el ritual tal y como vengo haciendo en carreras pasadas. Me cambio de ropa dentro del coche, con la indumentaria que tenía prevista, la temperatura es baja y amenaza lluvia, así que encima de mi camiseta técnica pongo otra de algodón. Ya se percibe el ambiente en la calle, veo pasar corredores corriendo y charlando entre ellos. Sabía que este momento de soledad no sería fácil, echo de menos a mis amigos. Mi ritmo cardíaco debe andar por las nubes, me noto nervioso y muy excitado, tengo que tranquilizarme un poco. Cuando estoy listo y preparado para marchar, decido permanecer un tiempo más dentro de mi vehículo, necesito abstraerme por un momento de todo. Repaso mentalmente todo lo vivido hasta este momento único, recuerdo la lesión, las horas de rehabilitación, (gracias Andrés-FisioMed y Quique), los duros momentos de soledad entrenando, los buenos e inolvidables, momentos en compañía de mis amigos, mi familia que siempre me apoya, mi padre, que aunque no esté, sé que siempre corre a mi lado. Respiro hondo un par de veces, me ha venido bien este lapsus entre toda esta vorágine, ahora estoy tranquilo y algo más relajado.
     De camino hacia la salida me encuentro con un señor de avanzada edad vestido de corto, al cual le pregunto, si conoce el lugar donde comenzará la carrera y mientras nos dirigimos hacia ella, departimos amigablemente cual colegas de profesión. Me explica que esta, será su novena maratón en Madrid, y que ha disputado otras tantas por nuestra piel de toro y en el continente europeo. Yo le comento que en mi caso será la primera. Se nota, me dice mientras sonríe, estás muy nervioso, y cierto es. Aunque más que nervios, tengo ansiedad, muchas ganas por echar a correr y algo de incertidumbre, es la primera vez que vivo en primera persona todo esto.
     A medida que nos vamos acercando a lo que será la línea de salida, van apareciendo, de no sé donde, corredores por doquier. Me despido de Marcos, le deseo suerte, el hace lo propio conmigo y antes de partir me regala un último consejo: Javier, sal despacio, ve con calma, esto es más duro de lo que parece, pero sobre todo disfruta, pon todos tus sentidos en la carrera y en lo que la rodea, disfruta cuanto puedas y guarda en tu memoria todos y cada uno de los detalles que vas a vivir mientras corres pues no los olvidaras jamás.
     Normalmente suelo correr un poco antes de las carreras para ir habituando mi cuerpo al esfuerzo que después va a realizar, pero hoy son muchos los kilómetros que tengo por delante y no quiero malgastar fuerzas, ya tendré tiempo durante la carrera para que mis músculos y articulaciones se acomoden a la calzada.
    El paseo de la castellana está literalmente tomado por deportistas, la perspectiva es sinceramente impresionante, el asfalto gris se ha tornado multicolor, se escucha música de fondo, voces por megafonía, la gente circula de un lado a otro con mucho frenesí, me doy cuenta que no soy el único nervioso. Una ligera lluvia nos da la bienvenida, como si quisiera ser partícipe del evento. Decido adentrarme entre la marabunta de atletas, quedan pocos minutos para el pistoletazo de salida. Es en ese instante cuando me doy cuenta de donde estoy y de lo que voy a intentar. Me encuentro rodeado de deportistas, se perciben en el ambiente fuertes olores, posiblemente de fármacos que han utilizado para mitigar dolores o prevención de los mismos. Intento concentrarme, miro al suelo, observo mis zapatillas, perfectamente abrochadas con el chip sujeto entre los cordones. Llevo mi mano hacia la rodilla y mentalmente la suplico que no me falle, observo el dorsal y leo el mensaje de mi hija. Doy gracias a Dios por estar aquí justo en este preciso instante, la imagen de mi querido padre acude a mi mente, me invade una enorme emoción, no puedo evitar contener alguna que otra lagrima, me persigno un par de veces, respiro hondo, choco mis manos en repetidas ocasiones y dejo escapar de mis labios un:  ¡ vamos, vamos ¡.
     Escucho fuertes gritos y silbidos simultáneos, deduzco que la carrera ha comenzado, en efecto, el gentío que me precede comienza a caminar, sigo sus pasos, Cruzamos el arco de salida y lo hacemos ya corriendo pero a un ritmo muy lento. La lluvia aunque fina, no ha cesado, no siendo motivo suficiente para que los corredores contengan la algarabía, continúan las risas, las bromas y sin darnos cuenta llegamos al kilómetro cinco. La lluvia ha remitido y las nubes parecen alejarse al mismo ritmo que los atletas profesionales, dejando pasar entre ellas los primeros y agradecidos rayos de sol. Llevo un ritmo de carrera muy cómodo para lo que estoy acostumbrado, pero debo ser conservador, me desprendo de la camiseta de algodón que hasta ahora he llevado, ha sido un gran acierto ponérmela pues me ha resguardado del frio y de la fina lluvia. El paso por los diez mil metros lo hago en cincuenta y cinco minutos, no me he dado cuenta del paso de los kilómetros, me siento muy a gusto, sin dolores y con mucho ánimo. Bebo algo de líquido y lo acompaño con un gel energético.
     La carrera se ha estirado bastante, ya no hay tantas aglomeraciones y se puede correr de manera cómoda. El paso por la calle Guzmán el Bueno, aproximadamente el kilómetro quince, me resulta curioso, al observar, más público que deportistas. Dejo atrás la calle Fuencarral y bajo por la Gran Vía, mientras pienso que llevo casi dieciocho kilómetros y no hay señales de cansancio.

     Recuerdo comentarios de mis amigos indicándome que, el paso por la puerta del sol sería espectacular, pues allí se congrega mucha gente y sus ánimos te llevan en volandas, pero este año se encuentra en obras por lo que no existe animación de ningún tipo. Continúo hidratándome y tomando aportes sólidos, en forma de geles y uvas pasas. El paso por el Palacio Real se me hace especialmente bonito, hasta ahora he ido concentrado en la carrera y no he prestado mucha atención a todo lo demás, pero aquí los vítores y aplausos se hacen notar. Observo niños de corta edad con sus manitas extendidas para que al pasar junto a ellos las choquemos con las nuestras.
     El paso por la media maratón lo hago en una hora con cincuenta y cuatro minutos, he de decir que no llevo ninguna pretensión en cuanto a tiempo se refiere, mi única meta es acabar la carrera. Aún así, me sorprende lo bien que me encuentro al transitar por este punto, hago memoria y comparo la distancia con otras medias disputadas y me extraña la ausencia de cansancio. Van pasando los kilómetros uno tras otro, hasta la entrada en la casa de campo. En este punto aparece una ligera molestia en la rodilla, disminuyo un poco el ritmo, a modo de prevención, concentrándome en esa parte de mi anatomía, no quiero obsesionarme pero me resulta imposible dejar de pensar en ella. Continúo dos millares de metros y a la altura del Paseo de los Castaños, aproximadamente por el kilómetro veintiocho, la molestia se ha convertido en un dolor insoportable, dejo de correr y empiezo a andar, pero el dolor no remite, finalmente paro y me aparto del camino para no molestar a los corredores que vienen tras de mí.
    Tengo la sensación que todo el universo ha caído sobre mí, la desazón y el desanimo es indescriptible, mientras realizo ejercicios de estiramientos veo pasar un grupo de corredores, uno de ellos porta un gran globo de color azul con la pegatina de cuatro horas, siento envidia y rabia y a continuación mucha pena y frustración. Pienso en mi mujer que estará esperándome en el kilómetro treinta y dos, en el Paseo de la Puerta del Angel, junto la estación de metro: Lago, el plan previsto era ese, vernos allí y después en la línea de meta. No puedo abandonar, ella espera impaciente mi llegada, pero son cuatro mil metros los que nos separan. Decido pedir prestado el teléfono móvil a una señora que disfrutaba de la carrera, pues aplaudía y animaba con mucho entusiasmo, para comunicarme con mi mujer y contarla lo sucedido, pero finalmente descarto la idea. Inicio la marcha cojeando, pienso que de nada han servido los duros entrenamientos, ni la ilusión y entusiasmo que llevaba, todo se ha ido al traste. Son varios los corredores que mientras me adelantan, me ofrecen palabras de ánimo y aliento, les correspondo saludándoles con mi mano. Miro al cielo y suplico repetidas veces y en silencio que me deje terminar la carrera, nunca antes había deseado algo con tantas fuerzas.
     Ha transcurrido un kilómetro desde mi parada, sigo andando, desconozco y soy consciente que jamás sabré el motivo por el cual el dolor a remitido un poco, comienzo a andar más deprisa, un voluntario de la organización me ofrece ayuda en forma de espray, la acepto de buen agrado pensando que mal no me va a hacer. Comienzo a correr nuevamente, creo que el ritmo de antes al andar era más rápido que el de ahora, no obstante algo me anima a seguir corriendo. Paso por el kilometro treinta y uno, continuo con paso lento pero constante, mi dolencia sigue ahí, pero con un grado de dolor mucho menor de cuando paré. No logro entender cómo es posible que el dolor disminuya siguiendo la marcha, pero lo cierto es que está ocurriendo, doy gracias a Dios, por concederme ese deseo que tan fervientemente suplicara kilómetros atrás.
    Pensar que voy a ver a mi mujer me da fuerzas, el gentío congregado en este punto es descomunal, inicio la cuesta que me llevará hasta ella, miro a un lado y otro de la carretera, por más que busco no logro encontrarla, decido caminar para tener una mejor perspectiva de la gente, por fin la veo, nunca olvidaré su cara, era una mezcla entre alegría, pena, orgullo y satisfacción. Nos fundimos en un abrazo, me seca el sudor con sus manos y me regala un cariñoso beso. Se interesa por mí, ¿estás bien? Me pregunta, he tenido problemas con la rodilla, ahora estoy algo mejor,  la contesto; pues venga,  ¡corre!, ¡sigue!, estoy muy orgullosa de ti. Tranquila, quiero disfrutar este momento, me es indiferente llegar unos minutos más tarde. Nos despedimos con un fuerte abrazo, emprendo de nuevo la marcha, ella me acompaña unos metros a modo de escolta, regalándome nuevas palabras de aliento, juntamos nuestras manos y nos decimos adiós. Una decena de metros he recorrido y no me resisto a mirar atrás, ella agita su mano diciéndome: te espero en la meta, no pares, eres único cariño.
     Ahora sé que debo terminar la carrera, sigo con un ritmo lento y con ligeras molestias, si no aumentan, esas molestias no van a ser suficientes para que abandone. Recorro mil metros más, pensando y recordando lo vivido hace unos minutos, ha sido muy emocionante. Un kilómetro más adelante, a la altura del estado Vicente Calderón, se encuentran mis suegros y mi madre. Así que debo continuar, por mí y por ellos, deben estar ansiosos por verme llegar, necesito ver caras conocidas, necesito ese calor familiar que tanto ayuda. Transcurrida la distancia indicada entre sentimientos y emociones consigo ver a mi familia, la alegría es inmensa.
    Veo lágrimas en sus rostros, nos abrazamos, se interesan por mí, les comento que estoy cansado, casi sin fuerzas, pero que voy a terminar a toda costa. Intentan persuadirme de la idea y evitar así, sufrimientos innecesarios, en verdad les entiendo, pero entre mis planes no figura el abandono. Me ofrecen algo de comida, han llevado fruta, mordisqueo un plátano y saboreo un par de trozos de naranja, pues tengo apetito. Me despido de todos y continuo la marcha, entre el griterío del público, reconozco la voz de mi madre: ¡ánimo campeón!.
    Me siento feliz, recuerdo los consejos de Marcos, a primera hora de la mañana, cuando me instaba a disfrutar de la carrera cuanto pudiera. Imposible no hacerlo, es más, percibo que mis sentidos se encuentran más receptivos, más sensibles que nunca a todo lo que a mí alrededor ocurre.
     Mientras analizo mentalmente todo lo ocurrido, alcanzo el Paseo Imperial, kilómetro treinta y seis, la rodilla sigue molestando sin impedirme correr despacio, vuelvo a echar en ella “el espray milagroso” que otro voluntario, sobre patines, me ofrece, a la vez que me anima diciéndome que ya lo tengo hecho, que solamente quedan seis kilómetros, que esa distancia no es nada para seres tan valientes como nosotros. Le comento que estoy muy cansado, y que soy consciente que falta lo más duro y complicado. Agradezco su compañía durante unos cientos de metros, finalmente recibo una palmada sobre mi espalda, ¡mucha suerte!, me dice y entre tanto desaparece ante mí a una velocidad endiablada. Pienso en la importante labor que estos voluntarios, de manera desinteresada, desempeñan en días como hoy, sin ellos sería imposible que corredores populares como nosotros disfrutáramos de lo que tanto nos gusta. Desde aquí, mi más ferviente e incondicional agradecimiento, por su tiempo y dedicación para con nosotros.
     Desde este punto hasta la estación de Atocha, aproximadamente tres mil metros, sufro mucho con cada paso que doy. Puedo sentir el público animando, pero prácticamente no levanto la vista del suelo. No quiero andar, prefiero seguir corriendo, aunque sea un ritmo parsimonioso. Empiezo a dudar si conseguiré llegar a meta. Los pensamientos negativos, contrarios a lo que había preparado meses atrás, entran y salen de mi cabeza con la misma rapidez que los de ánimo que yo mismo me doy. Noto una lucha en mi interior, ¡para ya, estás muerto, déjalo, no merece la pena sufrir tanto!. Mi corazón contrarresta con un escueto y simple: ¡vamos, vamos!  Supongo que no tiene más argumentos para animarme a seguir, Miro el dorsal y leo repetidas veces el texto que mi hija escribió en él. “Animo papá tu puedes conseguirlo”…. Y así, entre luchas internas, llego a la Estación de Atocha, el kilómetro treinta y nueve está al caer. Algo dentro de mí me dice que la hazaña es posible, los días previos a la carrera, estudie el recorrido y deduje que llegados a este punto, completar la maratón sería un hecho. Las calles están repletas de público que anima y nos obsequian aplausos a nuestro paso.
     Abordamos la Calle de Alfonso XII, la pronunciada pendiente hace que aminore aún más la marcha, decido andar y recuperarme un instante, aprovecho para beber mientras camino, respiro profundamente y emprendo de nuevo la marcha. Aquel: “vamos”, que horas antes lo expresaba mentalmente, sale ahora de mis labios con mucha frecuencia, y cuanto más lo escucho más me animo. La calle es un reguero de atletas moribundos, levanto la vista y observo más corredores andando que corriendo. Pienso en el kilómetro cuarenta y uno, próximo a la Puerta de Alcalá, necesito ver el cartel que nos anuncia esa distancia, pero todavía no aparece ante mí. Empiezo a sentir un gran vacío, noto como las fuerzas van abandonando mi cuerpo, aunque sigo firme en el convencido de que finalmente lograré mi objetivo.
     Siento todo mi cuerpo dolorido, puedo percibir la fricción y el roce de mis articulaciones entre sí, el fuerte dolor de rodilla que anteriormente hizo que parase, no ha reaparecido, pienso que tal vez está presente y el malestar general lo camufla. Continúo proporcionándome ánimos, entre jadeos y respiraciones entrecortadas, hablando solo cual enfermo mental absorto en su propia paranoia. En este instante no existe nada más en mi propio universo, estamos solos la meta y yo.
     Dejo atrás el kilómetro cuarenta y uno, la calle de Alcalá está repleta,  adelanto corredores, mi ritmo es lento pero constante, cada golpeo que mis zapatillas hacen contra el asfalto repercute en todas mis articulaciones, aunque no siento dolor alguno. Intuyo que mi cuerpo, con el paso de los kilómetros ha ido acostumbrándose al mismo, o quizás mi deseo por llegar es tan grande que mi cabeza no alberga otro pensamiento que no sea el de cruzar la línea de meta.
     La entrada en el Parque del Retiro hace que mi ritmo cardiaco aumente de manera inesperada, el motivo no son las duras cuestas recorridas, si no la forma en la que anima la multitud allí congregada. Por un momento, recuerdo al gran; Miguel Induráin y aquellas épicas carreras, que realizó en sus tiempos de ciclista, las ascensiones al Tourmalet, repletas de público, cubriendo la calzada. En este instante descubro lo que siente un atleta profesional cuando un grupo desconocido de personas corre a tu lado, te mira directamente a los ojos y te grita fuera de sí, instándote a que sigas adelante, a que continúes la marcha, a no mirar atrás. Y aunque somos conscientes del sufrimiento, tanto ellos, animadores, como nosotros atletas, sabemos que después de ese esfuerzo vendrá la gloria en forma de satisfacción por haber conseguido nuestro objetivo. Ese lapsus hace que deje de ser corredor popular y me convierta por un momento en atleta de élite, ese momento en el que personas desconocidas disfrutan y son participes de mi esfuerzo y sacrificio, hace que toques el cielo deportivo con los dedos, hace que todo el sufrimiento merezca la pena, ese momento da sentido a la sinrazón de estar más de cuatro horas corriendo solo por la ilusión de cumplir un objetivo marcado.
     Lo he conseguido, ya nada ni nadie va a impedirme cruzar la línea de meta, la avenida es muy amplia, hay vallas protectoras y publico agolpado a ambos lados de la calle, los corredores que me preceden se abrazan mientras siguen corriendo. Otros recogen a sus hijos que pacientemente les esperaban y recorren los últimos metros junto a ellos. Diviso la pancarta que señaliza el kilómetro cuarenta y dos y detrás a mi mujer, detengo la marcha, la abrazo efusivamente.  ¡Lo he logrado!, continuo la marcha, vuelo a correr, doy gracias a Dios por dejarme alcanzar mi sueño, ahí está la meta, grito de rabia y de emoción, levanto los brazos al cielo. Soy maratoniano. He mirado el cronómetro a mi paso por la meta y marcaba cuatro horas y dieciocho minutos. Inclino mi cuerpo y descanso mí agotado cuerpo posando mis manos sobre mis rodillas, personal sanitario se interesa por mi salud, ¿se encuentra bien?, si, muchas gracias estoy bien, les contesto. Camino unos metros, una señora perteneciente a la organización, deposita una medalla sobre mi mano felicitándome por mí reciente logro conseguido. Más adelante ofrecen, líquidos y algo de comida, un voluntario cubre mi cuerpo con un plástico a modo de manta, sigo andando unos cientos de metros más, hasta la salida.
     Allí me espera mi mujer, la expresión de su rostro denota una inmensa alegría, su mirada me transmite calma y sosiego, nos besamos, sus brazos rodean mi cuerpo. Aunque quiero disfrutar del momento necesito alejarme de todo aquello, preciso de un instante de intimidad, necesito expulsar de mi cuerpo toda la tensión que he ido acumulando durante cuarenta y dos kilómetros y esta sale en forma de lágrimas. La satisfacción y el bienestar son enormes.
     Nos alejamos de la multitud allí agolpada, con dirección hacia el vehículo, de camino al mismo la explico en un breve resumen como ha sido todo, como me siento, miro la medalla y la cuelgo alrededor de mi cuello, ingiero algún que otro alimento pues tengo apetito. Soy consciente que debiera estirar mis doloridos músculos, deseo sentarme y tumbarme en el provocador césped que allí existe, pero dudo mucho que después pudiera incorporarme de nuevo, por lo que decido seguir caminando. Noto mis piernas débiles y temblorosas a cada paso que doy, nunca antes tuve una sensación ni tan siquiera parecida como la de este instante, nunca antes quise reír y llorar al mismo tiempo, nunca antes sentí dolor y bienestar al unísono, pero es que…. nunca antes había completado una maratón.
Me siento afortunado por todo lo vivido, un privilegiado por realizar y ver mi suelo cumplido. Ahora quiero descansar y recuperarme, sanar mi cuerpo. Por complicado que parezca en mi cabeza solo hay un pensamiento: “GRACIAS POR TODO Y HASTA EL AÑO QUE VIENE MARATON”.

19 comentarios:

  1. Me has emocionado unyko. Me ha recordado mi mapoma en 2010. Has descrito perfectamente los sentimientos únicos que te brinda el maratón.

    Que la salud nos permita compartir muchas más maratones.

    Un saludo,

    ladhu

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  2. Gracias por tu comentario en mi blog, UNYKO, con tu permiso me añado a la que será sin duda en muy poco tiempo una enorme legión de seguidores.

    Un saludo.

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  3. UNYKO :el comentario me lo he tragado enterito, me ha encantado estoy deseando hacer mi primera maraton, soy popular , veterano pero nunca medio por correr una maraton este año estoy muy motivado, me llamo Barroso de Rota; Cadiz te sigo el blog

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  4. Ladhu: Tu lo has dicho solo salud, lo demas vendra solo, muchas gracias amigo.

    Korrecaminos: estas en tu casa faltaría más, gracias y un saludo.

    Barroso: Enhorabuena, el simple hecho de decidir correrlo y entrenarlo ya es digno de elogio, te cambiará la vida, mucha suerte, me alegro que te gustara la crónica, muchas gracias y un saludo.

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  5. QUERIDO CUÑADO ENHORABUENA POR TU RELATO. ME HA EMOCIONADO LEER TODO LO QUE PARA TI REPRESENTA ESTA AFICIÓN QUE TIENES. TU NARRACIÓN DÉ LA MARATÓN ESTÁ LLENA DE EMOCIONES Y SENTIMIENTOS. ES INCREIBLE APRECIAR LO QUE SIGNIFICA PARA TÍ ESTE DEPORTE.ME HA EMOCIONADO.
    ¡ERES ESTUPENDO!¡TE DESEO MUCHAS VICTORIAS PERSONALES!BESITOS

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  6. uniko eres un makinon , escribiendo tambien , me has regalado 10 minutos de lectura apasionante , sobre nuestro deporte , llevo muchas carreras pero ningun maraton , y al leerte me has encendido la luz , a lo mejor este año toca ,

    runningbox

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  7. Me has emocionado mucho, espero seguir picándote en los entrenamientos cuando dejes de entrenar con los galácticos. Un abrazo muy fuerte de Vicente.
    P.D. Es una pena que seas del Real Madrid

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  8. Ana muchas gracias, tu si que eres estupenda un besote.

    Emilio tu tienes fuerzas para el maraton y más, animate por que lo disfrutarás y mucho, un abrazo compañero.

    vicente: Tu si que eres un galactico, en verdad ya echo de menos esas tiradas largas de los domingos haciendo km mientras cambiamos impresiones futboleras jejejeje, un abrazo amigo.

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  9. Gran crónica es increíble como tienes grabada toda la carrera, lo cierto es que el primer maratón nunca se olvida.

    Me quedo por aquí para seguir tus zancadas.

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  10. Tus padres, suegros ,Mujer e hija pueden estar muy orgullosos de tí, aunque no la hunieras acabado. Has demostrado tener dos coj..... y saber sobreponerte a las adversidades. Como dice Gonzalo Quintana " Resistir es Vencer ".

    Salu2 desde Rota

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  11. Cierto Manuel, no se olvida, en verdad no se olvida ninguno pero el primero es especial. un saludo.

    Muchas gracias David, tu lo has dicho: resistir es vencer.

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  12. Grandeeee. Esos sentimientos finales son los que yo estoy buscando este año. A ver si las lesiones nos dejan en paz.

    Te sigo.

    Saludossss

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  13. Gracias Ruben, te aseguro que si los buscas los encontrarás, merece la pena, eso si con el permiso de las lesiones. un saludo compi.

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  14. Tío, reconozco que me da envidia no sólo porhaber corrido el maratón si no también por lo precioso del texto. Emociona mucho y espero poder contarlo tan bien como tú cuando llegue mi día. Un saludo
    Alberto_Bimu

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  15. Gracias Alberto, no hay lugar para la envidia, pues estoy convencido que el mes que viene alcanzaras la meta que tanto ansias, llevas en tus piernas unos buenos entrenos y unas carreras formidables, con unos tiempos que ya los quisiera yo para mi, en cuanto al texto, simplente escribe todos y cada unos de los sentimientos que el maratón te ofrezca. Mucha suerte y un saludo compañero. javier.

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  16. Joder se me han saltado la lagrimas minimo 10 veces, un makina campeon!!!!

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  17. Anonimo: Gracias, esto es maratón. saludos ;-)

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  18. Casi tres años después de tu hazaña leo tu crónica y no sabes como me ha emocionado, Javier. Precioso tu relato. Me ha dejado sin palabras. Enhorabuena por el esfuerzo que realizaste y por seguir adelante cuando flaquearon las fuerzas. Esto que viviste es la mejor garantía de que tienes madera para conseguir lo que ahora te traes entre manos. Ya no hay marcha atrás, eres maratoniano, pero sobretodo eres un valiente luchador ;)

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    Respuestas
    1. Gracias Yolanda, me alegro que te haya gustado, he aprovechado y la he vuelto a leer y de paso revivir todas aquellas emociones vividas ese maravilloso día en el que me convertí en maratoniano. Espero que sea una buena garantía para los 100, ya veremos, soy tres años mas viejo, pero tambien tengo tres años más de experiencia, de algo servirá.....

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